Tal y como pienso del mundo del vino

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Fruta y madera, ambas cosecha de la tierra,  se funden entre sí creando un traslucido líquido de fantasía, fantasía que logra despertar los sentidos de mentes atentas a leer la intención de profundos pensadores que tras las bondades de la naturaleza han querido expresarse de manera abierta y libre.

De la vid y el roble estos artistas del campo extraen magistralmente  aromas, sabores, colores  y música en sinfonía de sentidos, sentidos que al unísono se entrelazan curiosos  incitándose los unos a los otros hasta llegar al laberinto mismo de la mente.

Destellos de brillo en oro pálido, ocres, terracota, rojo rubí o tímidos verdes en cristalinos tonos que al giro de una copa de vino bien vertida, dan comienzo al ritual exigido para el disfrute de la bebida de los dioses. Solo la nitidez del color, bien en los tintos o los blancos, bien en los de guarda o los frescos, es indicio de un buen logro por parte del artista del campo. Antecede al gusto la vista; atreverse a saborear sin admirar la intensidad de sus infinitos  tintes es como  leer a saltos párrafos de buena literatura. ¡Que importante es la observancia rígida que antecede al incierto sorbo!

Pero entre el descubrimiento del mundo multicolor y el sabor de un buen caldo, surgen los  maravillosos perfumes que la mente de inmediato reconoce, pues no son más que extractos de natura, fragancias  que nos llevan al recuerdo, posiblemente al  campo abierto de esa tierra caliente que traspira pimientas y especies o a tupidos bosques de pino y eucalipto colmados de aromas a hierbabuena, menta, vainilla, cuero o comino. ¡El deleite de la esencia: la frescura del aroma floral de los blancos jóvenes o la fortaleza de la madera del roble unida en vida al hollejo de la fruta, son fundamento básico del entendimiento del carácter de la obra que estamos por descubrir!  Agitar la copa y excitar el olfato al máximo, disfrutar los aromas, incluso cerrar los ojos y dejar volar la imaginación es sugerencia valida; cualquier artista del vino se enfurecería al saber que parte de su ejecución vital voló sin ser percibida. 

Irrumpe luego en nuestras bocas el buen vino y ataca las papilas gustativas activando el sentido del tacto, luego el gusto; el impacto en  boca es un desorden absoluto de sabores dulces, amargos, salados y ácidos; la lengua registra y procesa; la mente reacciona de manera genial ejerciendo presión inmediata motivando múltiples e irrisorios movimientos faciales; el vino entonces se pasea orondo en nuestras bocas hasta lograr un sabor ciertas veces homogéneo y balanceado, en otras ocasiones prima la tipicidad de la fruta, sea Malbec, Cabernet, Pinot o Tempranillo, u otras tantas;  las barricas de roble francés o americano pudieron aportar taninos de gran dulzor o astringencia; todo depende del  artesano cosechero, solo  él define el estilo y el carácter  de sus vinos: de cuerpo, ligeros, dulces, secos, aterciopelados, sedosos, cortos o largos en boca. Tragar buen vino se considera ofensa máxima; degustar es la clave, lento, muy lento.

¡Que difícil es  descubrir  perfección y sabiduría en un vino, muy escasas son las botellas que logran el grado de excelencia! ¡Muchos hectolitros de vino inundan con su oferta al mundo, pero muy pocos alcanzan la clasificación de nobleza y finura que solo logran los verdaderos artistas del campo!

 

Julio Eduardo Rueda Riaño