historia embotellada

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Una botella de vino encierra más que ese líquido precioso que hace que las delicias de quien lo bebe. El vino lleva en sí profundos significados que nos remiten a la historia de la humanidad, a la cultura, la religión y la poesía; a los ritos sagrados- y profanos- que emergen y se hunden entre el pasado y el presente.

En el principio fue la uva. Quizás un campesino encontró el líquido que naturalmente dejaron unas uvas olvidadas dentro de algún contenedor. Por curiosidad probó el líquido y seguramente pensó: “¡Dioses! ¡Esto sí que esta bueno!”. A partir de entonces, nuestro personaje pasaría días enteros tratando de descubrir el proceso que daba como resultado ese rico líquido que tenía la maravillosa virtud de hacer la vida mas placentera. Esta escena pudo haber sucedido en algún momento del periodo neolítico (8500-4000 a.C), en las tierras del Cercano Oriente, cuando estos muy lejanos antepasados inventaron técnicas para hornear, ahumar, condimentar, y por supuesto fermentar. De hecho, el contenedor de vino más antiguo-con rastros orgánicos de la bebida-data del año 7000 a. C., el cual fue encontrado en un sitio llamado Haiji Firuz, al norte de Irán… así podríamos hablar de que la botella de vino más vieja del mundo es un “Chez Haiji Firuz”.

El vino empezó a viajar con los comerciantes y el cultivo de la vid a diseminarse por regiones cercanas. El vino se embarcaba desde Armenia para entregarse en Babilonia y en otras cuidades de Mesopotamia. De ahí llegó a Egipto, donde por lo menos cinco tipos de este figuraban entre las provisiones canónicas que los muertos debían llevar en su jornada al más allá.

Los romanos aprendieron tan bien el arte vinícola de sus maestros griegos que, sin duda alguna, se llevan el crédito de expandir el cultivo de la vid y el consumo del vino por Europa. Ahí donde llegaba una legión romana se sembraba un viñedo: en los valles del Rin, el Mosela y el Danubio; en las regiones francesas del Rhone, Burgundy, Bordeaux, Loire y Champagne…, queda claro que los romanos supieron dónde meterse. Esa puntería se debió no sólo a que el dios Marte supo guiar a sus guerreros. El buen Baco -parrandero, rechoncho y colorado- estaba muy interesado en que su culto se extendiera a las nuevas colonias, lo cual fue fácil ya que sabía, al fin y al cabo era un dios, que los hombres prefieren el vino al agua: es más seguro, provee sutiles efectos psicotrópicos, nutre…, y es el lubricante social por excelencia, ya que promueve interesantes intercambios culturales.

La cristiandad logró suprimir muchos de los placeres de la vida, pero afortunadamente el vino era parte importante de la liturgia, y como el primer milagro de Jesús fue convertir el agua en vino durante las bodas de Caná, los monjes medievales se encargaron no sólo de continuar su cultivo, sino de mejorar las técnicas y procesos de producción de tan sagrado elemento.

No es un secreto que muchos monjes rendían masáculto a Baco que a nuestro Señor, como muestra están los cantos de los goliardos (monjes que exaltaron el vino, la fortuna, la lujuria y la joie de vivre medieval), que el compositor Carl Orf inmortalizara en su majestuosa Carmina Burana.

Desde entonces, los europeos han mantenido su historia de amor con el vino. Expansionistas de vocación, lo trajeron al Nuevo Mundo, donde se ha dado con especial fortuna en Chile, Argentina y California. Con el transcurrir del tiempo se descubrieron importantes factores: el paso por los barriles debe ser transitorio y las botellas delgadas (antes eran muy barrigonas) para permitirle al vino reposar sin pesares mientras termina de madurar para adquirir cuerpo, buque y un sabor más profundo. El corcho fue revolucionario, pues impidió que el aire lo agriara. Obviamente, tuvo que inventarse el descorchador, lo que sucedió en el siglo XVII.

La historia continuó, involucrando a celebridades como Louis Pasteur, cuyos trabajos científicos permitieron controlar la producción vinícola hasta el último detalle; a Goethe, quien dijo que prefería el vino a la poesía; a Dumas, que dividía su tiempo entre escribir sus novelas, inspirado por una buena botella de tinto, y preparar ensaladas…

Son muchos siglos, mucha historia y muchos litros de vino los que han corrido sobre esta humanidad que continúa rindiéndole culto a ese dios colorado y parrandero, inspirador y volátil, que tal y como los genios de Las mil y una noches, surge al destapar una misteriosa botella.