EL PINTO Y EL COLORAO

el . Publicado en Varios

Pasión que desafía el tiempo y geografías, las riñas de gallos siguen encendiendo polémicas y emociones.

La riña o pelea de gallos es una afición polémica: Muchos la gozan y defienden, mientras que otros abominan de ella. Lo cierto es que esta fiesta no deja a nadie indiferente. Muy popular en todos los países latinoamericanos y en muchos asiáticos, la riña de gallos levanta pasiones hasta tal grado que alrededor de esta se ha creado una cultura con sus propios rituales, secretos ceremonias y crofradías.

Tan importante son los gallos como los galleros. Los primeros son animales fuertes, bravos, de instinto guerrero que en realidad apenas necesitan de la intervención del hombre para batirse a muerte con sus congéneres. Los segundos son hombres que se dedican con amor y disciplina a cuidar sus gallos desde que son pollos, a entrenarlos, acicalarlos y consentirlos.

Los galleros y aficionados que se reúnen en las galleras y coliseos desde la Argentina hasta Arizona, admiran las cualidades varoniles del gallo de pelea. Respetan la galladura y valentía, la agilidad para el combate, la bravura y arrojo de ese par de torbellinos que se miden en el centro de una arena y forman un espiral de plumas y colores vertiginosos. Quizá esta pasión se debe a que los hombres son tal y como los gallos: Pelean a la menor provocación por el control de las hembras y el territorio…

Como en muchas otras ciudades y pueblos de Colombia, en Valledupar existe una fuerte afición por la riña de gallos. Desde hace más de treinta años el coliseo gallístico convoca a criadores, aficionados, galleros, curiosos y apostadores que se encargan de verter sus pasiones y esperanzas en esta otra fiesta brava, donde la palabra de gallero es palabra de honor. Durante una noche se pueden llevar a cabo entre ochenta y cien peleas en el coliseo gallístico. Estas tienen, por reglamento, una duración máxima de quince minutos. Si para entonces ningún gallo ha resultado vencedor, se declara un empate. Lo peor que puede sucederle tanto al gallero como al que ha apostado sobre uno de los animales es que el gallo se “raje”. Eso, y tal como la vida real, es una afrenta no permitida entre machos.

En Valledupar existen unas cuarentas galleras que conforman cuerdas o equipos que agrupan, cada una, alrededor de 150 personas. Estas están en ciudad de tertulias y puestas abiertas, no es raro que, todos los días a las 6 de la mañana, se lleven a cabo la tertulia de gallos, donde se comentan las hazañas de la jornada anterior, se recuerdan los grandes héroes emplomados, o se discuten puntos del reglamento oficial que regula la riña.

Si bien los gallos son, por naturaleza, bastante peleones y salvajes, los galleros se encargan de mejorar la raza y entrenarlos para logar verdaderos campeones en la arena. La casta se hereda, por eso la cruza entre buenas gallinas y gallos es esencial. Cuando el pollo entra en su madurez temprana y se pelean con otros machos, es tiempo de pasarlo a una jaula o gallera individual. Se dice que en ese momento entre los 8 y los 5 meses de edad, el gallo ha empezado a “abrir” y es cuando esta listo para ser seleccionado de acuerdo con sus atributos. Entre estos, los más importantes son la facilidad de dirigir bien y certeramente el pico, la fortaleza de las patas para aplicar los golpes, su capacidad de empujar el cuerpo hacia el contrincante, una buena estatura y un buen estado de salud general.

Los gallos son entrenados mediante ejercicios para correr uniformemente, acosar al enemigo, fortalecer las patas, saltar, etcétera. Además del entrenamiento, los gallos son equipados con espuelas de carey que se pegan sobre el hueso del espolón. El carey es lo más común, aunque en países como México, Filipinas y Puerto Rico también se utilizan navajas. Obviamente, en esa modalidad, las peleas duran muy poco.

Luego del proceso de entrenamiento, el gallo está listo para la pelea. Aparecen motilados y con las plumas de la gola bien arregladas, los chinos (rojos), los giros (moteados en negro y amarillo), los javaos (blanquinegros), los gallinos (marrones, negros y blancos) y los pintos. Se anuncia la pelea, los gallos se enfrentan y se sostienen la mirada, las apuestas se cruzan y los galleros sueltan a los enfurecidos animales. Entonces comienza ese combate que es danza y derroche de color y adrenalina. La emoción es continua porque en cualquier momento puede cambiar el curso de la pelea.

En Valledupar ha habido gallos legendarios, como “La mecedora” o el “Rey de reyes” que peleo nueve veces en su vida y nunca fue vencido ni tardó más de un minuto en terminar con su rival. Son estos gallardos animales, sus orgullosos dueños, los entregados galleros y el público ávido de emoción, los que continúan alimentando esta antigua tradición que sentó sus reales en los mágicos caminos de nuestras tierras.