Caer en la tentación

el . Publicado en Varios

Quienes hemos actuado en la vida entendemos a la perfección a los actores que deambulan por el mundo descrestando calentanos y engañándose a sí mismos. Parte del caos por el que atraviesa el mundo obedece a que las personas no viven a diario para sí mismas, sino en función de otras: “Viven para lo que creen ellos de lo que otros creen de ellos”. Triste, pasan los días y las noches y de acto en acto se esfuman los momentos y no termina el acto y comienza otra escena y se esfuman los momentos.

Y al otro día, como príncipes encantados por la vida de otros, frente a un gran espejo cómplice se inicia de nuevo el ritual, simple proceso de maquillaje que habrá de engañar a los de nunca y a los de siempre. Sólo el espejo cómplice conoce esas arrugas propias de la soledad y la amargura y entiende el juego. Los otros actores del día hacen lo mismo: unos podrán estar en Oxford Street, otros en la Quinta Avenida de Nueva York, algunos en la Cibeles en Madrid, otros en Rosales Bogotá…

Todos, todos convencidos de poder mantener el engaño, lunar enorme que saltará a la vista de unos y otros provocando un efecto letal que destruirá lo poco de autoestima que pudo quedar en el alma de cualquier hombre cristiano, musulmán, budista, o de cualquier raza o condición. Triste, muy triste.

Bajarse de la nube a tiempo y aterrizar sano y salvo es, para la mayoría, una tortura china. Saberse admirado y perseguido, ser centro de atención, pertenecer a los núcleos donde cierta acción es lo que cuenta, no es más que el sofisma de distracción que aniquila el sistema que fortalece nuestro interior; ese ego que debemos defender y proteger a toda costa contra esa avalancha de tentaciones que desvían la realidad a objetivos inválidos y terminan por debilitarnos muy por dentro.

No es que la actuación sea mala, es fundamental saber actuar. Cierto tono de voz; una mirada; exagerar de vez en cuando y de cuando en vez, exaltarse sin saberse fúrico, o tal vez una sonrisa cautivadora que de manera oportuna salva de situaciones extremas. Todo eso está bien, muy bien. Un sano coqueteo con cruce de mirada furtiva puede producir todo un guión de novela, otro tipo de mirada tal vez un escándalo descomunal. Todo depende; lo absurdo es vivir de lo absurdo, de lo irreal, de lo imposible.

Fortalecer el ego es muy distinto a vivir del egoísmo; el egoísta no es más que otro actor en la contienda de la vida, es aquel ambicioso, sórdido y ruin que solo produce para sí mismo. Muy distinto es quien protege sus intereses y los de los suyos, quien de manera contundente y segura procede sin tener en cuenta al comediante de en frente, al cómico de turno.

Cuidado con caer en la tentación de comediante que cree que su acto no tiene fin, muy peligroso es ese límite entre el acto y la actuación. 

 

Reflxión por Blas Cubas II