SINATRA, MÚSICA Y CINE

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Sin duda alguna, este hombre dejó una historia grande no solo por su carrera musical, sus contratos millonarios con tres de las disqueras más grandes de los Estados Unidos, sus conciertos, sino por una gama muy amplia de películas y protagonismos en el cine americano. Su primera película, Ship Ajoy, la hizo en 1.942, pero no fue sino hasta Higher and higher cuando empezó a cosechar éxitos. En 1948 llegó el milagro de las campanas, donde solo entonó la canción Ever Homeward. La cinta fue realizada justo al salir a la luz pública su relación con la mafia, y al mismo tiempo, su donación de 100 mil dólares a la Iglesia. En 1949 llegó uno de los grandes éxitos: Levando anclas, codirigido por Gene Kelly y Stanley Donen, con numeritos memorables como Count on me y Prehistoric man.

En el 51 llega Don Dólar, con Jean Rusell y Groucho Marx. En 1953 rodó lo mejor: De aquí a la eternidad, de Fred Zinnemann, con Montgomery Clift.

Consiguó el Oscar a la mejor interpretación secundaria por el personaje de Maggio, y ese mismo año le concedieron el Globo de Oro de la Asociación de Periodistas.

Frank Sinatra, ya una estrella del cine, realizó en 1955 cuatro películas: Siempre tú y yo, con Doris Day; No Serás un Extraño, con Robert Mitchum y Olivia de Havilland; El solterón y El amor, de Charles Walters, y otros de sus grandes éxitos: El hombre del brazo de oro, de Otto Preminger, con Kim Novak y Eleanor Parker, un drama que narra la adicción a la heroína mal curada del personaje que interpreta y por la que consigue una nueva nominación para los Oscar, aunque en esta ocasión no lo logró.

Pero sin duda alguna, su faceta más fructífera fue la de la música. Sinatra grabó más de ochenta canciones en una infinidad de discos a través de su carrera.

Él era la Voz. Barbara Streisand ha dicho recientemente: “Era la esencia de la canción: sonidos hermosos, suave como la seda, sin esfuerzo, con un fraseo impecable, inteligente y lleno de corazón”.

En 1966, con motivo de sus ochenta años, organizó un concierto benéfico en el Shrine Auditorium de Los Ángeles, en el que intervieron, entre otros, Bruce Springsteen y Bob Dylan. Esta sería una de las últimas apariciones en público.

Su voz, inmortal, regaló a Nueva York su mejor himno; confesó que si así es la vida, él fue un títere, poeta, indigente, peón y rey, demostró que el amor se lleva debajo de la piel aunque a veces sea una tontería y, sobre todo, supo siempre vivir a su manera.

Y si alguna vez quieren saber la vida de este legendario artista resumida en una canción les recomiendo My Way, y después me cuentan cómo les pareció.