Oí y Verás

el . Publicado en Varios

Medellín anoche envuelta en  colores naranjas que tiñen de rosado las nubes del verano, y es el momento en que empiezan a descender los vientos que alivian. Alivian el sopor que se ha acumulado en el día y en ese instante cuando, sin darse cuenta, los casi tres millones de pobladores del valle donde está Medellín disfrutan de una temperatura tan imperceptible como debe ser la del líquido amniótico.

Entonces la gente acude a la palabra, con una ansiedad que es como una adicción proporcional al tamaño del deseo que sienten los antioqueños  por la conversación. Ocurre así el encuentro cotidiano con la palabra, muchas veces bañada en tragos, mantenida en ellos, y apoyada en breves bocadillos que sirven en terrazas, en bares y heladerías, en cantinas y en restaurantes, en tiendas y en graneros, en esquinas y en “parches”, en fin, que son como se llaman los lugares donde tienen cita los urgidos de hablar, que son casi todos estos extrovertidos colombianos.

Porque Medellín es lo que se sabe: una ciudad de industrias que han luchado por sobrevivir contra toda contingencia; una colectividad que se piensa sobresaliente porque tiene una historia de hitos de dificultad superados con empeño; una riqueza cultural en literatura y en artes plásticas de veras brillante, y un espeso nudo de problemas contemporáneos, donde abundan malvados, metrallas que la mayoría de antioqueños asume con resignación y con impotencia, pero que ha convertido el reto de combatir esos lunares negros en una permanente señal de vida.

Medellín es todo eso que se sabe y una ciudad moderna por sus sistemas viales y la agilidad del transporte masivo, por la eficiencia de sus servicios públicos y la oferta comercial, por eso y por el nivel de sus científicos, y por sus noches estridentes en discotecas que vibran y sus restaurantes exquisitos. Y nada más decir de lo que se sabe, pero sí agregar que Medellín no es una enjalma guindada en las salas de las casas, ni unos alpargates en uso, ni una recua amarrada esperando que la conduzcan los arrieros.

Todo aquello, decía, y una conversación inacabada siempre, en punta siempre, porque los antioqueños han hecho de la palabra un placer y por eso en los atardeceres cada uno tiene más que contar que el otro, no sólo de la pequeña victoria del día, sino del gran dilema de la vida. Y no es de ahora esa condición, no. Es un componente genético, tal vez, que se refleja en los contadores de historias de todas las épocas, en una imaginería popular repleta de mitos y fantasmas, y –también hay que decirlo- en una ausencia de sentido de la humildad y un enorme sentido del riesgo que los antioqueños asumen sin percatarse siquiera, y por eso hablan de los divino y de lo humano. Literalmente.

En Medellín se habla todo el día. Todos los días. En las oficinas y en las esquinas se habla. Detrás del timón del taxi hay un conversador empedernido y si usted pregunta a un transeúnte, señor, dónde queda el parque El Pablado, es seguro que le señalará dónde queda, es posible que lo lleve él mismo y que en el camino le cuente su vida y milagros en cinco minutos, o le pregunte de dónde viene y qué tal la ha pasado en Medellín, ¿Ah?

En Medellín la gente se pregunta y se responde. Se saluda y se contesta. Se cuenta y se oye.  Te ponen al día, te abren el corazón, te declaman, te leen, te vuelven confesor y confidente, y muchas veces te fascinan con su cuento fluido y filudo, lleno de imágenes y repleto de exageraciones que debes comenzar a oír  en el tamaño en el que te lo dicen. Es decir, cuando un antioqueño te cuenta que su catedral es la más grande del mundo, no quiere decir que lo sea, sino que es muy grande, que es la más grande en ladrillo sin revoque y que siempre le pareció la más grande del mundo porque la veía inmensa cuando la conoció de niño. Y porque sí: es la más grande del mundo.

En Medellín se emplea tanto la palabra que hay clubes de conversadores e infinitas tertulias de anochecer a la manera en que las sostenía el legendario escritor Tomás Carrasquilla. Y hay conversadores espontáneos como éstos del parque de Bolívar que todos los días se juntan en corrillos, desde las dos de la tarde hasta las ocho de la noche, y se dedican a hablar. Son muchas veces desempleados o trabajadores que emplean el ocio en conversar. ¿Y de qué? De lo que salga. Yo los he oído opinar de teología simultáneamente que de fútbol. Hablan de ingeniería, de botánica, de física cuántica o de la última telenovela. Hablan y hablan allí, como hablan y hablan allá, porque éste es el reino de la palabra: Medellín.