El bar del ritz

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Este texto, que el autor envía a nuestros lectores de Colombia con un cordial y especial saludo, fue escrito originalmente para el Libro de Réquiems, obra de Mauricio Wiesenthal, publicada por Edhasa en 2004. Buenvivir agradece a Adriana Laganis, de la Librería Arteletra, por esta fantástica conexión literaria

No fue Coco Chanel, sino Hemingway, quien me llevó por primera vez al Bar de Ritz, porque le había oído decir: <<La vida en el Cielo, después de la muerte, debe ser como una dulce noche de verano en el Ritz de París>>.

Buscando la eternidad en la vida -mejor que buscarla en la muerte- anduve a menudo por el Bar del Ritz. Siempre escribo en la misma mesa, iluminado por la luz marfileña e incierta de la rue Cambon, rodeado por los fantasmas de Marcel Proust y Eduardo VII, de Greta Garbo y Noel Coward; o de Douglas Fairbanks y Mary Pickford, que se amaron en el Ritz, cogidos de la mano. Aquí, en este delicioso rincón de París, me encontré muchas veces a Coco Chanel, a dos pasos de su casa.

A Coco le sentaba bien el Ritz. Ella era una fiera indómita, sincera, tan generosa, como cruel. Pero tenía un lado femme de harem, tierna, rencorosa, felina. Y necesitaba vivir rodeada de mujeres ricas para cortarles el pelo, para calarles los sombreros hasta las cejas, para humillarlas, para convertirlas en sus esclavas. Conocía bien las envidias y las maledicencias de ciertas señoras, vendidas a la fortuna de sus mantenedores. <<Je fouterais a todas estas señoras vistiéndolas de negro>>, fue su primer grito de guerra. Sabía convertir a una menina en una princesa altiva, subiéndole la cintura por el trasero. Y, cuando quería, humillaba a una reina acortándole las faldas y llevándole la cintura hasta los pechos.

Como Goethe, también Coco Chanel habría sido grande desempeñando cualquier oficio. Podrían haber intercambiado los papeles, y hoy diríamos: <<Ese sombrero lo debe haber diseñado Goethe>> o, también, <<Esa Hija Natural debe ser de Coco…>>. Ella era así, generosa hasta extremos increíbles, capaz de mantener a media docena de hombres si estaban dispuestos a quererla, habladora hasta agotar todas las conversaciones, tan trabajadora que no tenía tiempo para sentir envidia.

Me cité un día con Paul Morand en el Bar del Ritz para que me presentara a Coco. La encontré interesante, porque me gustan las mujeres que muerden, sobre todo cuando parecen, como ella, fieras peludas:

Aimes-tu, vraiment, les chevaux? [¿Te gustan los caballos?] me preguntó con coquetería, con una mirada especial que tenían sus ojos castaños cuando quería ser dura.

C´est mon côté anglais, madame... [Es mi lado inglés.]

Yo sabía que le gustaban los ingleses, pero que los comparaba con los caballos. Hablamos de los sueños del surrealismo y de André Breton, que tenía tan mal gusto cuando dibujaba rodillas. Creo que pasamos una buena soirée, porque compartíamos muchas ideas: creíamos en el honor, teníamos un concepto inusual de las parejas (<<las parejas, decía ella, son como las ruedas dentadas que se muerden para avanzar>>), odiábamos las personas aburridas, y nos gustaba cierto tipo de lujo…

El lujo que uno lleva dentro, no el de las joyas murmuró cruzando los brazos.

Pensé que la frase era digna de Oscar Wilde. Le gustaba mucho cruzar los brazos, como si así se sintiera más protegida. Sin duda le tenía miedo a la soledad, a su melancolía.

Yo era entonces un joven, apenas salido de la primera estupidez. Ella no había tenido infancia y salía ya de todo, porque le quedaban pocos meses de vida. Llegué justo a tiempo de conocerla.

Para saber si un vestido está bien cortado, hay que cruzar los brazos, comentó recogiendo aún más su cuerpo.

Ya no existen ni Paul Morand ni Coco Chanel. Y me cuesta ahora pensar que han pasado más de treinta años desde que desaparecieron. Pero nadie ha venido a sustituirlos en esta Europa que se va quedando vacía…quizás ocupada por otros.

Es difícil daros un consejo a los jóvenes de hoy día -me dijo Morand-, porque el mundo ha comenzado a destruir incluso a los maestros. Habláis como si fueseis huérfanos, pero en realidad sois parricidas.

Morand, como un astro nocturno, tenía una cara oculta: sus destinos diplomáticos oportunistas, sus colaboraciones con la inteligencia más reaccionaria, sus sospechosos silencios. Pero era un príncipe del esprit, el compañero de viaje más interesante que he conocido, o quizá simplemente un hijo mimado de la belle époque, que atravesó el siglo de la contracultura conduciendo un Bugatti Sport. De joven había conocido a Marcel Proust, a Tosti, a Rodin y a Mariano Fortuny. Quizá por eso era absolutamente genial cuando explicaba sus viajes, diciendo que Nueva York es <<materia humana metida en ascensores>>. O cuando describía a sus amigos: <<Augusto Rodin, tenía una barba blanca de color amarillento y una nariz priápica que parecía salirle del pubis>>. Y creo que verdaderamente se necesita una nariz así para esculpir la estatua de Balzac.

Estaba casado con una princesa rumana que había sido inteligente, intrigante y muy bella, aunque siempre pensé que tenía razón Cocteau cuando decía que era <<como una Minerva que se había tragado la lechuza>>. Fue ella quien le acostumbró a los salones llenos de fetiches y a los prejuicios racistas. Pero el Morand que yo llegué a conocer era ya viejo, aunque no aparentaba ninguna debilidad. Le quedaba todavía un gesto despectivo en los labios y, como todos los dandis, hablaba en aforismos, porque las cosas inacabadas suelen ser más estéticas. La invalidez de su mujer le había convertido en un paciente enfermero. Y, después de dar un paseo a caballo como si fuera un señor feudal, se convertía repentinamente en jubilado y salía a comprarle a ella algunas golosinas para comer. Luego, en casa, la bañaba y la acompañaba hasta que se quedaba dormida.

Me dolía en el alma ver cómo unos niños de papá proclamaban la contracultura en la Sorbona, cuando los últimos maestros europeos se nos estaban muriendo en el silencio.

Las jóvenes modelos de Coco eran siempre interesantes y, por eso, me aficioné al Bar del Ritz. El Petit Bar de la calle Cambon el little bar lo llamaba Scott Fitzgerald era un lugar maravilloso. Lo había creado el propio César Ritz, aprovechando un rincón minúsculo de su hotel, tan recoleto que tuvo que diseñar él mismo los muebles a medida, mandándolos a hacer más pequeños de lo normal. Pero nadie se daba cuenta de aquel pequeño truco.

Aprendiendo a conocer los vinos, se convirtió Ritz en el mejor hotelero de todos los tiempos. Tenía una habilidad especial para convertir un hotel en un palacio, y una mesa en una fiesta. En el Savoy organizó una cena veneciana, inundando el patio para que los vinos y los platos llegasen a las mesas en góndola. En la boda de Helena de Orléans y el duque de Aosta no había disponible otro comedor que el de los sótanos. Pero César Ritz supo arreglar aquel caluroso salón, instalando plantas y espejos que ocultaban barras de hielo. Al entrar en la sala, los invitados quedaron impresionados por la atmósfera fría y brillante, como un palacio de invierno salido de un poema del viejo Pasternak. Todas las mesas aparecían llenas de lirios y rosas, dispuestas en los floreros de hielo esculpido.

De la misma forma supo salir del paso cuando era director del Righi Kulm y, un día frío de septiembre, se estropeó la calefacción. Mandó recoger todos los calderos de cobre que se utilizaban en el hotel como maceteros, y los llenó de ladrillos calentados al fuego. El espectáculo que ofrecía el comedor, en oro y rojo, en cobre y fuego como un añejo cabernet sauvignon era maravilloso.

César Ritz revolucionó el mundo de la hostelería, de la gastronomía y de los vinos. Y así contrató a Escoffier, que fue el primer hombre que habló en la cocina el lenguaje refinado de los vinos y, al llamar a unas simples gambas <<crevettes au paprika rose>>, las convirtió en un <<premier cru>>.

César Ritz fue también un genio del diseño. Las grandiosas bañeras del Ritz de París fueron una concesión a Eduardo VII, que se atascaba en los baños pequeños; no tanto porque era un hombre corpulento, sino porque le gustaba compartir la bañera con algunas señoras. Pero la gracia del Ritz estuvo siempre en estas pequeñeces del Petit Bar y el Petit Jardin, con su castaño en flor. Detalles que son, al fin de cuentas, como el peinado a lo garçon o como los trajes de chaqueta que creaba Gabrielle Chanel: art Déco, art Coco…

El Bar de Ritz fue, para mí, el mejor refugio literario de París: alejado de los esnobs de la Rive Gauche y de los cantautores de la clerecía intelectual que se movían, en los años de mi juventud, por las cuevas y los cafés de Saint Germain. Nunca he sabido por qué las tardes del Flora y del Deux Magots se me daban tan mal. Se me amontonaban sobre el papel las comas, las barras y los guiones, como se le amontonan los andamios de la técnica a tantos ilustres genios de la literatura de nuestro tiempo.

El Bar del Ritz era otro mundo. Allí todavía se podían escribir milongas tristes, tangos mamaos de champán con fresas, como le gustaban a Marcel Proust. Y, cuando uno tenía la noche maldita y seca, siempre quedaba la vena rebelde del Negro Cele: <<Yo no le canto al perfumado nardo ni al constelado azul del firmamento. Yo busco en el suburbio sentimiento. Pa cantarle a una flor le canto al cardo>>. O sea, puro Chanel 5…

Coco Chanel tenía un sobrinito muy salvaje que se había traído de su pueblo, en algún rincón perdido de la Francia profunda. Cuando había invitados en casa le mandaban a comer a la cocina o a la nursery, para que no organizase un espectáculo. Pero, en cierta ocasión, su tía le llevó al Ritz y le permitió sentarse a la mesa con los mayores. Cuando le sirvieron la sopa en un bol, cubierto por su hojaldre caliente, el jovencito comenzó a gritar como un galo salvaje: <<¡Yo no quiero que me traigan la sopa en estos horribles tazones sin asa que me ponen cada día en la cocina! >>.

A mí me pasó siempre como al sobrinito de Coco Chanel: muchos recursos y tecnicismos de la literatura vanguardista las frases sin puntuación, ciertas fórmulas herméticas, los ritmos violados me parecen igual que un tazón sin asas.

Era normal que los artistas del siglo XX reaccionasen contra viejos y caducos amaneramientos, buscando nuevas vías de atonalidad, de raciocinio, de análisis estructural. Pero esa rebelión ha conducido, precisamente, al predominio de la técnica sobre el pensamiento, de la pericia sobre el ingenio, del diseño sobre la naturaleza. Hasta la vieja universidad literaria de nuestra juventud está apuntó de ser sustituida por su más prosaico sucedáneo: el master.

Los jovencitos que aprendimos a hacer literatura dandi en el Bar del Ritz éramos diferentes. Nos gustaban las locuras literarias, a lo Scott Fitzgerald. Y Claude, el viejo camarero, se acordaba siempre de que yo había tenido la audacia de invitar a una de las más bellas modelos de Chanel, enviándole una rosa. Lo peor fue que ella estaba acompañada por su marido y no quiso aceptar mi ofrecimiento… Me comí los pétalos de la rosa, uno a uno, y le dije en voz alta a Claude:

<< Me parece que a este plato no le sienta bien el champán. Tráigame, por favor, una Chäteaux Margaux>>

Los cursis que hoy se dedican a la literatura dandi ya no serían capaces de comer rosas con Chateaux Margaux. Los más audaces se alimentan de cocaína, que es como una rosa enferma, fabricada con subproductos de la industria. La industria ha llegado a contaminar el arte. Resulta evidente en la música, que ha producido en cien años los genios más pitagóricos, herméticos e incomprensibles. Ha ocurrido en el bel canto, donde cada día se encuentran más voces bellísimas, moduladas por una extraordinaria técnica, que no tienen ninguna vibración artística… Pero sucede también en la escultura, en la pintura, en la literatura, en el cine. La mitad de las películas de éxito apenas si son más que una sucesión previsible y violenta de aparatosos efectos especiales.

<<Las faldas cortas, decía Coco, no me gustan. Una mujer elegante puede enseñar sus piernas. Pero, las rodillas… ¡jamás!>> Yo creo que los muslos forman parte del mundo del arte. Las rodillas son ya un asunto de ingeniería; son los contrafuertes del esqueleto: un recurso utilitario y mecánico de la anatomía que una mujer debe esconder cuando muestra la gracia de sus piernas.

Uno no se siente hombre hasta que no aprende a tocar sin mirar, a mirar sin ver, a ver sin olvidar. Poner las manos sobre una rodilla es como guardar y ocultar un secreto.

No sé si los jóvenes se preocupan ya por estos matices estéticos. Pero yo los mandaría a hacer el master al Bar del Ritz.