JARDÍN DE AROMAS

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De la boca de la pipa asciende el aroma de la picadura en espirales lentas, voluntas maravillosas de perfume que evocan tabaco, maple, brandy, cognac. El acto preciso de tacar la pipa, encenderla, lograr que se mantenga la picadura en brasas con gestos largos y lentos, hacen del fumar así un ritual. Por esto, para el fumador la picadura se convierte en un aliado del placer. Es un universo generoso de olores y sabores que invita a aprobar, a navegar en sus honduras para encontrar notas ligeras, serias, frutales, que envuelven el ambiente perfumándolo.

Escoger una u otra es un juego que convoca a dejarse seducir por las diferentes clases y marcas, a probar, a darse el gusto de fundirse con el aroma en el placer. De lo lúdico sale el goce, pausado, de una picadura bien apreciada.

Picadura de tabaco

De acuerdo con la mitología indígena norteamericana, en el principio del tiempo, cuando los dioses aun se paseaban por la tierra, un espíritu grande y poderoso se acostó al lado del fuego, en un bosque, y se durmió. Su enemigo, viéndolo así, quiso jugarle una mala pasada y lo empujó suavemente de modo que la cabeza reposara entre las brasas, para que su cabello se incendiara. El humo del fuego despertó al espíritu, quien, de un salto, se puso de pie y salió corriendo hacia el bosque, al hacer ésto el viento recibió el cabello encendido y lo repartió a lo ancho y alto del mundo, y lo esparció sobre la tierra, donde echó raíces y germinó para convertirse en la mata del tabaco. Así que el tabaco es una planta nativa de América, de la misma familia que la papa y la pimienta.

Los indios consideraban el tabaco como una droga para curar muchas enfermedades. En octubre 15 de 1492 a Cristóbal Colón le ofrecieron hojas secas de tabaco como regalo, y poco tiempo después, los marineros lo importaron al Viejo Continente como una rareza más, un cura todo, para enriquecer la cultura de los reyes y reinas de los Estados Europeos. Así se hizo famoso y se extendió a lo largo y ancho del planeta. Inicialmente lo vendían los baticarios, pues se consideraba una droga curativa.

Para el año 1600, el tabaco era tan popular que se utilizaba a modo de dinero, literalmente era “tan bueno como el oro “. Casi toda la producción de esta época procedía de América Central, y el comprador lo preparaba en una forma rudimentaria.

Hoy en día el tabaco se cultiva también en Alemania, Francia e Italia, sin embargo, la mayor parte  de la producción mundial es de origen americano, turco e hindú. Uno de los tabacos más apreciados para la picadura lo constituye el de Maryland Estados Unidos, por su color amarillo, su aroma agradable y su dulce sabor. Dicen los que saben que las mejores picaduras son fabricadas en Inglaterra, de materia prima importada. Para elaborar la picadura se empieza por pulverizar las hojas del tabaco. Mientras estas son verdes exhalan un olor fuerte y desagradable que luego se modifica por la fermentación, hasta convertirse en suave aroma. La picadura se produce en máquinas picadoras que cortan las hojas en pequeñas tiras para formar hebras, o bien pequeños cuadros. Luego se limpia y clasifica en tamices mecánicos y aspiradoras, se tuesta y después se seca. Una vez lista se envasa en paquetes relativamente herméticos para garantizar su frescura y larga vida. Algunas picaduras son enriquecidas con sabores particulares, a brandy, a whisky, a vainilla, a ciruela. Todo con el fin de agradar al consumidor que busca variar, agotar el disfrute en una cruzada hedónica.

La multiplicidad de marcas es abrumadora: Troost, India Summer, Captain Black, Dunhill, Cavas, Caribean Dreams, Amphora, sólo por nombrar unas pocas. Cada una ofrece una mixtura diferente, picante, dulce, aromática. La escogencia  de una marca u otra obedece al gusto particular de cada consumidor; en el mercado hay una variedad bastante amplia para satisfacer gustos exigentes y para permitir de alguna manera experimentar sensaciones, olores y sabores nuevos, retadores.

Finalmente siempre se llega al punto del goce; al fumar pipa, a través  de  los aromas de la picadura se elabora un mundo distinto, de descanso, se abre una puerta que da acceso a otras geografías, otros inviernos. Y, como siempre, al pie del sillón la infaltable chimenea.