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Parte4. Empezamos con cierto "estilo"

el . Publicado en Descubra

Una decisión trascendental motivó nuestro nuevo y quinto socio, ampliar la distribución de vinos e incursionar en el negocio de los licores. Nos acercamos a la compañía productora del famosísimo brandy cuyo eslogan rezaba “¡El sabor que tiene su propio estilo!”; el bendito se producía en Cali y había logrado posicionarse en un nivel que a nosotros como repartidores nos quedaba grande, no contábamos con el sistema de distribución ideal para llegar a Apartadó o Chigorodó y menos a Pasuncha, zonas donde reinaba el dichoso brandy.

Sin embargo, estos aliados contaban con un portafolio de vinos y licores importados de buena calidad, rechazados por los consumidores de Pasuncha y del país entero. Hábilmente elegimos un buen vino, un whisky reconocido, un vodka de dudosa procedencia, algo de ginebrita, jerez fino y un cava de Sansadurni de Noia, y uno que otro aperitivo de buena factura.

Gracias a este aliado y a nuestro quinto socio comenzamos el despegue lento y pesado, cautivando primero el mercado de restaurantes y hoteles de la ciudad, luego de cualquier departamento y después del mundo.

La casa de la 79A contaba con un espacioso garaje para vehículo y medio y un altillo, que convertimos en bodega de almacenamiento y desde allí se inició el proceso de distribución previsto.

Contamos con un primer cliente incondicional y excepcional, el Bar La Oficina que disfrutó de los mayores plazos de crédito extendido, bar en el que los índices de rotación superaban todas las estadísticas de consumo con respecto a los competidores de la zona.

Puerta a puerta fuimos logrando ventas de los vinos tipo Borgoña y Chablis de Chile, e introduciendo los importados del portafolio de nuestro proveedor. Los restaurantes de la época eran pocos y muy tradicionales, normalmente atendidos por sus propietarios y visitados por habitúes conservadores, que se negaban a probar cualquier alternativa diferente.

Establecimos una estrategia de penetración de mercado infalible para nuestros competidores, nos volvimos los mejores clientes de los restaurantes y les solicitamos tener un mínimo inventario de los vinos y licores que vendíamos. Nada perdían, si sus clientes no los consumían nosotros sí. Al principio fue complicado, el rechazo al cambio era total. También nos convertimos en sobresalientes portadores de propinas, memorizamos los nombres y apellidos del personal de mesa y bar de todos los restaurantes y, obviamente, nos hicimos expertos en el envío de miles de copas de cortesía a los comensales de otras mesas.

La querida casa gozaba de plena ocupación, nuestros inquilinos vivían felices y se respiraba éxito. Las ideas fluían en las tardes de tertulia, la rotación de inventarios de licores viento en popa y el negocio de comida rápida contaba con dos locales y un centro de producción, ubicado detrás de los garajes, es decir en la cocina.

 

Julio Eduardo Rueda Riaño