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Parte2. Sorprendiendo con "originalidad"

el . Publicado en Descubra

Recuerdo, con precisión, que para empacar los sándwiches de nuestra cadena escogimos un producto muy recomendado, el inigualable polipropileno termo encogible del que encargamos 195 mil bolsas. La orden mínima coincidía casi exacta con los cómputos de consumo trimestral de emparedados, cálculo que obedecía al número de transeúntes de la zona de la calle 72, excelente ubicación del local de nuestro cuarto socio, en este caso industrial; él aportaba el local y nosotros, o mejor dicho el sobregiro, el capital.

Pasamos por alto un pequeño detalle, el material sí era termo encogible. Al introducir los sándwiches en el horno microondas, el plástico se retraía y del apetitoso emparedado emergía una especie de buñuelo deformado impregnado de plástico ahumado. El manjar fue lógicamente rechazado por los comensales, que además gracias al famoso sistema boca a boca que pretendíamos reforzar como elemento fundamental y herramienta de mercadeo, destruyeron nuestra incipiente reputación. Sobra decir que de las bolsas aún contamos con un inventario de 194 mil 999.

Para entonces, por fortuna, de los 650 metros cuadrados de oficina teníamos unos cuantos subarrendados bajo la genial modalidad que diseñó uno de los socios. Oficinas llave en mano, fórmula mágica que nos permitió financiar el costo de la casa por muchos años. La oferta de espacio de oficinas para ejecutivos emprendedores era única en la ciudad, llave en mano significaba la apertura de un mundo de atractivos servicios: Secretaría, conmutador central de segunda, adquirido en un remate en el Siete de Agosto; alfombra o colcha de retazos, zona de parqueo y una que otra cosa más.

Pero sin duda, el puntillazo final de la oferta lo lograba el excepcional bar inglés que habíamos acondicionado astutamente en lo que fuera el comedor, la sala y el cuarto de ropas de la casona. Tuvimos a bien llamarlo Bar La Oficina, así evitábamos suspicacias cuando llamaban las señoras al marido de turno: allí estaba, en la oficina.

Uno de nuestros queridos inquilinos era pianista profesional. A eso de las seis, los ocupantes de la casa escuchábamos los acordes que daban cita a tertulias sospechadas. Cada cual llegaba con el elixir alcohólico de su predilección y sorbo tras sorbo el buen jazz irrumpía despertando el humor irónico, etílico y mordaz del que nunca olvidaré sus fantásticas ocurrencias.

Otro morador de la casa, vagabundo de excelente humor políglota, tuvo a bien importar un contenedor de vino chileno -tipos Borgoña y Chablis-, tema del que no entendía en absoluto. Después de varios meses de que el inventario de tintos y blancos continuaba estático, nos propuso colaborar comprando y vendiendo algunas cajitas. Hicimos algún acuerdo y nos dimos a la tarea de introducirlos entre nuestros conocidos del mundo de los restaurantes y hoteles.

Sorprendentemente el vino tuvo una acogida positiva, tanto que nuestro querido vagabundo propuso sociedad a nuestra cada vez más lánguida compañía. Sólo teníamos un pequeño problema, del capital suscrito y pagado no quedaba ni el rastro, subsistíamos de uno que otro estudio de factibilidad y de los subarriendos; lamentable caso que solucionamos maquiavélicamente, al pagar parte de las acciones de su firma con las comisiones y utilidades que se produjeron gracias a las ventas del vino. Obviamente, parte del inventario fue consumido por nosotros mismos.

 

Julio Eduardo Rueda Riaño