Encuéntrese

Parte1. El destino lo señaló: me tocó a mí

el . Publicado en Descubra

Con un jugoso capital inexistente pero con el tesón y el idealismo propios de la juventud se creó J. E Rueda & Cía, una historia que alrededor de la buena mesa, los vinos y los licores, se ha escrito con humor, convicción, creatividad y golpes de suerte; con alegría ante las certezas e ingenio para afrontar los trastazos. Nuestra singular vivencia está inspirada en el concepto buen vivir: donde otros no lo ven.

Éramos tres jóvenes, que gozábamos esa deliciosa inconsecuencia que todos atravesamos en la vida. Trabajábamos para una empresa hotelera, nos reuníamos a conversar y disfrutábamos los “corrientazas de medio día”; ese fantástico menú que llamamos “acpm”: arroz, carne, papa y maduro, recompensa gastronomita acorde con los limitados ingresos.

Entre charlas surgió la inquietud de independizarnos, sabíamos que nuestro futuro en la firma nos limitaría a desenvolvernos como asistentes de los hijos del dueño, personajes inamovibles igualmente jóvenes e inexpertos.

Infinitas eran las dudas, pero la ilusión, las ganas de vivir y fundar una empresa en un país como Colombia motivó la creación de una compañía en 1.982, cuyo objeto social no era más que fortalecer el inexistente patrimonio de los socios.

No teníamos ni con qué pagar el registro correspondiente, pero con la ínfima liquidación de prestaciones sociales podríamos cancelar los trámites y fijar el capital suscrito y pagado establecido. Confiábamos tanto en nuestra capacidad de creación y gestión que estipulamos una suma de $22.500 pesos, monto considerado fortuna más que razonable y hasta excesiva para el emporio que emprendíamos.

Al firmar las escrituras adquirimos orgullosos el estatus de empresarios y socios. La idea antes de presentar la renuncia formal era establecer el orden de salida, asegurar que ante cualquier eventualidad los otros socios podrían cubrir la subsistencia del que literalmente se echaba al agua.

El destino lo señaló: me toco a mí

Al poco tiempo, uno de los tres fue nombrado en un alto cargo en una destacada compañía de seguros, oferta irrecusable. Al otro colega, la jefatura le sugirió quedarse hasta encontrarle reemplazo, por tanto quien tuvo que saltar al vacío fui yo y no lo dudé un instante.

Era tal la cantidad de ideas y sueños, que la fuerza del idealismo permitía dibujar proyectos económicamente inalcanzables pero voluntariosamente viables. Desconocíamos el inútil valor del dinero, “utilidad” que vinimos a descubrir ante las obligaciones que fuimos sumando.

Mis socios, profesionales egresados de una prestigiosa universidad bogotana, disfrutaban del cómodo hotel mamá. Caso opuesto al mío, administrador hotelero del Servicio Nacional de Aprendizaje, casado y con dos hijos, por lo que el riesgo y el reto eran adrenalina suficiente para emprender esta aventura empresarial incierta pero fascinante.

Nuestra Junta Directiva, conformada por los tres, aprobó buscar oficinas, tarea que gentilmente me delegaron. Aproveché cualquier día en que fui a almorzar a casa de mamá para espulgar los avisos clasificados de El Espectador. Encontré como primera y última opción, una dirección que atrapó mi curiosidad: “Se arrienda. Calle 79A # 8-31, Teléfono 2496822. Casa Barrio El Nogal 650 mts”. Busqué la forma de decirles a mis socios que era justo lo que necesitábamos, que la desproporción del espacio coincidía con los sueños y el crecimiento inmediato que lograríamos. Mi sugerencia iba en total contravía de lo conversado, un sitio para tres individuos independientes que debían considerar gastos y riesgos, comenzar poco a poco y sin hacer locuras.

Era verdad, pero el entusiasmo ya me había invadido, el negocio con seguridad tendría que atender a la demanda de servicios de alimentos y bebidas, manejo de clubes y restaurantes, cafeterías industriales, punto de venta de comida rápida, y todo eso requeriría de instalaciones adecuadas. Además el asunto era de imagen. Después de largas discusiones acordamos arrendar la casa. Su propietario había sido Contralor de Cundinamarca y se comportaba como tal; la negociación del canon de arrendamiento no fue fácil, las garantías que exigía no las podíamos cumplir y menos girar por anticipado tres meses de arrendamiento. Por lo tanto tuvimos que pasar la primera prueba de habilidad empresarial, convencer al buen sujeto a punta de retahílas inconexas pero repletas de genialidad y convicción.

El hombre cedió y fijó un canon de cien mil pesos. Casi nos desmayamos con la cifra, coincidía con el valor de mi liquidación de cinco años de trabajo, además quintuplicaba el capital suscrito y pagado que aparecía registrado en la cámara de comercio.

Pero el destino estaba trazado, firmamos nuestro primer compromiso económico y emprendimos una labor de remodelación total. Dibujamos planos y en pocos días estábamos listos para buscar la autorización del temido Contralor. Llegamos a cumplir la cita acordada en su oficina y, vaya sorpresa, el señor había sido retenido por un grupo guerrillero el día anterior.

No debía ni mencionar que el secuestro y con los años, el secuestrado, fueron nuestros aliados de penurias. Hicimos los cambios sin consultar y nos retrasamos en el arrendamiento cuantas veces nos fue necesario. Como se podrá suponer el capital de trabajo jamás se tuvo en cuenta, la plata llovería del cielo, el éxito sería tal que pensar en dinero era inoficioso.

Unos meses después abrimos el primer local de comida rápida, un proyecto perfectamente estudiado, el comienzo de una cadena que alcanzaría dimensiones cercanas a McDonald’s y Subway.

 

Julio Eduardo Rueda Riaño